jueves, 16 de octubre de 2014

El Doble-Vínculo, La Triangulación, El Cisma Marital, El Síndrome de Medea y el Alineamiento: Tipos de conflictos en menores expuestos a Interferencias Parentales

Otros conceptos que podrían apoyar la comprensión de este problema son los mensajes doble-vinculantes, la triangulación o el cisma marital.

El doble-vínculo fue expuesto por Bateson, Jackson, Haley y Weakland en 19971 para entender la estructuración de los mensajes en las familias de esquizofrénicos. Este término tiene componentes que, salvando las distancias, podrían aplicarse a determinadas situaciones relativas a las rupturas conflcitivas. El mensaje verbal “tienes que ver a papá” se contradice con otro, implícito, de “no lo veas”. Para el niño está en juego el miedo a la pérdida del afecto.

La triangulación, definida por Bowen (1978), describe cómo, siempre que existe un conflicto entre dos personas, éste puede ser obviado o enmascarado al generarse un conflicto entre uno de los dos y un tercero. Cuando aparece una actitud de rechazo de los hijos hacia uno de los progenitores, parece que el conflcito entre los padres queda en un segundo plano, aunque en realidad lo utilizarán para seguir acusándose mutuamente. Linares (1996) se refiere a la triangulación manipulatoria como el resultado de una relación simétrica poco compensada que deriva en un sistema de doble parentalidad.e propuesto por Lidz y colaboradores en los años 60 como el efecto a largo plazo En él, el niño recibe mensajes contradictorios que le generan desconcierto y angustia básica.

El Cisma marital fue propuesto por Lidz y colaboradores en los años 60 como el efecto a largo plazo de una escalada asimétrica. Cada uno de los miembros de la pareja se dedica a desprestigiar al otro delante de los hijos, creándose dos bandos familiares enfrentados en los que los niños participan activamente.

El Síndrome de Medea (Wallerstein, 1989), se trata de padres que dejan de percibir que los hijos tienen sus propias necesidades, y comienzan a pensar que el niño es una prolongación de ellos mismos. Los pensamientos “ me abandonó” y “nos abandonó a mí y a mi hijo”, se convierten en sinónimos y llega un momneot en que el padre o la madre y el hijo parecen una unidad funcional indivisible ante el conflicto. Puede que el niño sea usado como agente de venganza o que la ira impulse a uno de los padres a robar o secuestrar el hijo.


El alineamiento (Johnston y Campbell, 1988), es un término usado para referirse a las fuertes preferencias hacia uno de los progenitores que inevitablemente alejan a los hijos del otro. Esta estrecha relación no necesariamente es el producto de actitudes manipulativas sino de la capacidad empática del progenitor con el que los niños se alinean. Por el contrario, Garry y Batis (1994) caracterizan a este padre como falto de empatía, inflexible y con escaso conocimiento de los efectos de su actitud sobre los hijos. En cambio Lampel (1996) encontró niveles similares de rigidez, defensividad y represión emocional en ambos padres, planteando que los hijos tienden a alinearse con aquel al que sienten más abierto, cpaz, y solucionador de problemas.


Fuente: Iñaki Bolaños 2002. “El Síndrome de Alienación Parental. Descripción y Abordajes Psico-Legales”. Psicopatía Clínica, Legal y Forense, Vol. 2, nº 3, 2002, pp. 25-45.

Fdo. Ignacio González Sarrió.
Psicólogo. Psicoterapeuta y Perito Judicial.
Cv06179.
Valencia.
grupopsico@cop.es
696102043.

EL CONFLICTO DE LEALTADES EN HIJOS DE PADRES SEPARADOS EN CONFLICTO.

La separación siempre es dolorosa y supone un claro riesgo de pérdidas afectivas. Los niños lo saben y, en ocasiones, reaccionan con un natural sentimiento de abandono respecto al progenitor que se se va, aunque no puedan entender del todo sus motivos, y con un intenso apego emotivo hacia el progenitor que se queda, al que protegen y piden protección.

Conseguir el apoyo incondicional de los hijos puede convertirse en el objeto del conflicto y en el referente implícito de la pugna por el poder que mantiene la pareja. Los niños reciben presiones, habitualmente encubiertas, para acercarse a una y otra posición y, si no toman partido, se sienten aislados y desleales hacia ambos progenitores; pero si lo hacen para buscar más protección, sentirán que traicionan a uno de los dos. Bolaños (2002).


El conflicto de lealtades fue descrito inicialmente por Borszomengy-Navy (1973) como una dinámica familiar en la que la lealtad hacia uno de los padres implica deslealtad hacia el otro. El resultado puede ser una lealtad escindida en la que el hijo tiene que asumir incondicionalmente su lealtad hacia uno de los progenitores en detrimento de la del otro.


Fuente: Iñaki Bolaños 2002. “El Síndrome de Alienación Parental. Descripción y Abordajes Psico-Legales”. Psicopatía Clínica, Legal y Forense, Vol. 2, nº 3, 2002, pp. 25-45.

Fdo. Ignacio González Sarrió.
Psicólogo. Psicoterapeuta y Perito Judicial.
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miércoles, 1 de octubre de 2014

PELIGROSIDAD Y RIESGO DE VIOLENCIA. Definición de conceptos e Instrumentos de Evaluación.

Prevención de la Violencia: Procedimientos que tienen como objetivo la estimación de la probabilidad de ocurrencia del comportamiento violento en el futuro que se pueden aplicar en numerosos contextos jurídico-penales y asistenciales.

¿Para que sirven?: Para que el juez tome las decisiones adecuadas, por ejemplo; suspensión condicional de la pena y sinónimo a un tratamiento re-educativo, urgencia de un tratamiento, la concesión de los permisos penitenciarios, el cambio de régimen o el acceso a la libertad condicional en función del riesgo estimado de reincidencia futura del agresor.

Peligrosidad: Propensión de una persona a cometer actos violentos. (Scott y Resnick, 2006).

La peligrosidad está ligada a:

  • Enfermedad mental grave.
  • Historia criminal del sujeto.
  • Nivel de adaptación social.
Dos tipos de peligrosidad:
  • Peligrosidad criminal o riesgo de cometer delitos graves por parte de un delincuente.
  • Peligrosidad social o riesgo de cometer delitos graves por parte de un sujeto sin un historial delictivo previo.
La peligrosidad (tanto clínica como jurídica) es considerado el mejor predictor de la violencia futura.

La atribución de peligrosidad a un sujeto se determina por medio de:
  • La entrevista clínico-forense.
  • Clasificación tipológica mediante los perfiles delictivos.
La entrevista clínico-forense:
  • Tiene como objetivo evaluar la capacidad criminal , asociada a diversos rasgos de personalidad (agresividad, indiferencia afectiva, egocentrismo y labilidad afectiva), así como la inadaptación social.
  • Esta valoración forense está fundamentada en la entrevista con el paciente y en informaciones complementarias, como los expedientes judiciales o de los servicios sociales. (Gisbert-Calabuig, 2004).
En el caso de los perfiles delictivos:
  • Se trata de clasificar a un sujeto en un determinado perfil (agresor contra la pareja, agresor sexual, acosador escolar, laboral, etc) en función de una serie de características psicológicas, sociales y biográficas. Tiene baja precisión predictiva (Quinsey, Harris, Rice y Comier, 1998).
Considerar la peligrosidad como la causa de la conducta violenta implica una capacidad de predicción limitada y origina dos tipos de errores:
  • Los falsos negativos; los sujetos son valorados como no-peligrosos y, sin embargo, cometen una conducta violenta grave, con las repercusiones que ello conlleva para las víctimas.
  • Los falsos positivos; se identifica al sujeto como peligroso y, sin embargo, no cometerá conductas violentas futuras, con las consecuencias negativas que tiene para el sujeto (reclusión en régimen cerrado, ausencia de permisos penitenciarios, etc).
Actualmente es preferible "valorar el riesgo a predecir la peligrosidad".

La predicción del riesgo está en función de la peligrosidad del agresor y de la vulnerabilidad de las víctimas, ambas en el marco de un contexto situacional específico. Para valorar el riesgo no necesitamos averiguar las causas de la violencia, sino los factores de riesgo asociados a ella. El paso siguiente es "gestionar el riesgo" que se refiere a la adopción de medidas de seguridad y protección a la víctima en función de la valoración del riesgo (Andrés-Pueyo, 2009; Douglas, Ogloff y Hart, 2003).

Valoración del riesgo de violencia: procedimientos clínicos y procedimientos actuariales.
La recogida de datos para la valoración del riesgo incluye:
  • Entrevistas personales.
  • Evaluación psicológica y/o médica estandarizada.
  • Revisión de expedientes sociosanitarios y judiciales.
  • Obtención de información colateral. 
Este proceso de recogida de información y las decisiones sobre la predicción del riesgo se pueden 
realizar por medio de:

  • Procedimientos clínicos.
  • Procedimientos actuariales.
  • Procedimientos mixtos.
Que tienen en común:
  • Tomar una decisión pronóstica a partir de la información relevante (factores de riesgo y factores de protección) de cada comportamiento a predecir (violencia física, sexual, contra la pareja, etc).
Valoración clínica no-estructurada:

  • Procedimiento basado en la historia clínica, la entrevista y los test. 
  • Fundamentado en el diagnóstico psiquiátrico.
  • Se toma una decisión (juicio clínico o predicción) con arreglo a la información obtenida por el evaluador.
Este procedimiento, aun siendo el más frecuente, no sigue normas fijas o estables: las decisiones se ponderan a juicio discrecional del evaluador. Por ello, la estrategia clínica es este contexto es muy subjetiva. De hecho, presenta una fiabilidad interjueces baja y una fundamentación teórica débil. Se presupone -con mucha frecuencia erróneamente- que todas las carreras violentas son estáticas, no modificables, y que las personas violentas están destinadas a comportarse de ese modo. Y, en cualquier caso, con este procedimiento es muy difícil reconstruir el proceso de toma de decisiones, en el caso de que se desee revisarlo (Elbogen, Calkins, Scarola y Tomkins, 2002; Maden, 2007).

Valoración actuarial.

Se trata de un procedimiento que emplea instrumentos objetivos ad hoc que permiten cuantificar el riesgo detallado de los datos relevantes de la historia personal del sujeto. El evaluador obtiene la información requerida, bien entrevistando al sujeto o a otras personas relevantes, bien buscando en expedientes o ficheros.

Valoración basada en el juicio clínico estructurado.

Se trata de un procedimiento  mixto "clínico-actuarial" del que forman parte aspectos propios de la valoración clínica (evaluación clínica estructurada y toma de decisión final) y de la actuarial (recogida e inclusión de datos predictores empíricamente verificados). Este tipo de evaluación se realiza con la ayuda de las guías de valoración del riesgo, basadas en la investigación clínica y en los estudios epidemiológicos. El procedimiento es completo, pero requiere protocolizar el proceso de evaluación y adiestras adecuadamente a los profesionales.

La valoración del riesgo por medio del juicio clínico estructurado supone algo más que predecir la violencia futura. Así, al valorar la presencia e intensidad de los facotres de riesgo estáticos y dinámicos, se pueden tomar diversos tipos de decisiones: a) proponer procedimientos de gestión del riesgo individualizados y apropiados al momento de la evaluación; b) iniciar la prevención de la violencia futura; c) desarrollar la protección de las víctimas por medio de la elaboración de planes específicos para el riesgo existente; y d) diseñar programas de tratamiento concretos en función de las características de los agresores. Todo ello constituye la gestión del riesgo.

Instrumentos para la valoración del riesgo de la violencia.

- Predicción de la violencia Interpersonal grave:
  • HCR-20
  • PCL-R.
- Predicción de la violencia para contextos concretos:
  • SARA.
- Predicción de la violencia contra la pareja:
  • EPV.
- Predicción de la violencia sexual:
  • SVR-20.
- Predicción de la violencia juvenil:


  • SAVRY.

Fuente: Artículo original: "Valoración del riesgo de violencia: Instrumentos disponibles e indicaciones de aplicación". Psicothema 2010. Vol. 22, nº. 3, pp. 400-409.  Antonio Andrés Pueyo y Enrique Echeburúa.


Fdo. Ignacio González Sarrió.
Psicólogo. Perito forense.
grupopsico@cop.es
Nº. col. cv06179.
Valencia.










sábado, 9 de agosto de 2014

CONFLICTOS DE LEALTADES EN MENORES CUYOS PADRES RECLAMAN SU CUSTODIA.

Si la ruptura de pareja llega, y ésta no supone el final del conflicto sino, más bien, un nuevo escenario en el que perpetuar la disputa, no es difícil que los hijos, acostumbrados al juego de las alianzas, se vean en la necesidad de asegurar el cariño de, al menos, uno de sus padres. La separación siempre es dolorosa y supone un claro riesgo de pérdidas afectivas. Los niños lo saben y, en ocasiones, reaccionan con un natural sentimiento de abandono respecto al progenitor que se va, aunque no puedan entender del todo sus motivos, y con un intenso apego emotivo hacia el progenitor que se queda, al que protegen y piden protección.

Conseguir el apoyo incondicional de los hijos puede convertirse en el objeto del conflicto y en el referente implícito de la pugna por el poder que mantiene la pareja. Los niños reciben presiones, habitualmente encubiertas, para acercarse a una y otra posición y, si no toman partido, se sienten aislados y desleales hacia ambos progenitores; pero si lo hacen para buscar más protección, sentirán que traicionan a uno de los dos.

El conflicto de lealtades fue descrito inicialmente por    Borszomengy-Nagy (1973). como una dinámica familair en la que la lealtad hacia uno de los padres implica deslealtad hacia el otro. 

El resultado puede ser una "lealtad escindida" en al que el hijo tiene que asumir incondicionalmente su lealtad hacia uno de los progenitores en detrimento de la lealtad hacia el otro.

El "Síndrome de Medea", se trata de progenitores que dejan de percibir que los hijos tiene sus propias necesidades y comienzan a pensar que el niño es una prolongación de ellos mismos. Los pensamientos "me abandono" y "nos abandonó a mi y a mi hijo", se convierten en sinónimos y llega aun momento en el que el progenitor y el hijo parecen una una unidad funcionalmente indivisible ante el conflicto. Puede que el niño sea usado como agente de venganza o que la ira impulse a uno de los progenitores a robar o secuestrar al hijo (Bolaños, 2002).


El Síndrome de Alienación Parental propuesto por Richard A. Gardner (1985) describe una alteración que ocurre en algunas rupturas conyugales muy conflictivas, donde los hijos censuran, critican y rechazan a uno de sus progenitores de modo injustificado y/o exagerado. El concepto descrito por Gardner incluye el componente lavado de cerebro, que implica que un progenitor, sistemáticamente y conscientemente, programa a los hijos en la descalificación hacia el otro, además de incluir otros factores “subconscientes o inconscientes”, utilizados por el progenitor “alienante”. Por último, incluye factores del propio hijo, independientes de las contribuciones parentales, que juegan un rol importante en el desarrollo del síndrome. Poco o nada recoge sobre la participación del progenitor “alienado”.    El hijo está esencialmente preocupado por ver a un progenitor como totalemtne bueno y al otro como lo contrario. El “progenitor malo” es odiado y difamado verbalmente, mientras que el progenitor bueno” es amado e idealizado. Según Gardner, es el resultado de una combinación entre los adoctrinamientos de un progenitor “programador” y las propias contribuciones del niño para vilipendiar al progenitor “diana”. En los casos en que hay evidencia de abuso, maltrato o negligencia, la animadversión del niño está justificada y, por tanto, la explicación de su hostilidad mediante este síndrome no es aplicable. (Bolaños, 2002).

Otros conceptos que podrían apoyar la comprensión de este problema son "los mensajes doble-vinculantes, la triangulación o el cisma marital".



Fuente: Bolaños, I. El Síndrome de Alienación Parental. Descripción y Abordajes Psico-legales. Psicopatología Clínica, Legal y Forense, Vol. 2, Nº 3, 2002, pp. 25-45.



Fdo. Ignacio González Sarrió.
Psicólogo. Perito Judicial y forense.
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Valencia.

martes, 5 de agosto de 2014

CONSECUENCIAS PSICOLÓGICAS DE LA INSTRUMENTALIZACIÓN DE LOS HIJOS EN PROCESOS DE GUARDA Y CUSTODIAo

En situaciones de ruptura familiar altamente conflictiva los psicólogos debemos prestar especial atención a la presencia de conductas y actitudes parentales obstaculizadoras con fines instrumentales, es decir a aquellas situaciones de instrumentalización de denuncias de abuso sexual o malos tratos hacia el hijo por parte de uno de los progenitores hacia el otro (especialmente en el caso de litigio por la custodia de los menores y en ese contexto judicial). 

La instauración de "falsas memorias" puede ocasionar el mismo perjuicio en el niño que si la situación de victimización se hubiese producido realmente (Ruiz, 2004). Es desde esta óptica desde la que algunos autores están calificando la fenomenología S.A.P como una forma de maltrato infantil (Segura y colb., 2006; Tejedor, 2006).



Fdo. Ignacio González.
Psicólgo. Perito Judicial y Forense.
Colegiado en Valencia.
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lunes, 4 de agosto de 2014

PRINCIPIOS RECTORES DE LAS PERICIALES PSICOLÓGICAS EN DERECHO DE FAMILIA.

En derecho de familia, como en cualquier otro orden jurisdiccional, la pericial psicológica deberá enfocarse en relación al objeto pericial. En cualquier caso, debemos partir de que el principio rector de la intervención pericial es "el mejor interés del menor", que en términos psicolegales se traduce en determinar que contexto parental puede contribuir a una mejor adaptación del hijo a la situación de separación familiar (ajuste post-divorcio) y por ende, a un normoadaptado proceso de desarrollo psicoevolutivo de éste.

Las áreas que deben de ser evaluadas para alcanzar dicho objetivo son las que siguen:

1º. Presencia de Psicopatología de incidencia en el ejercicio de la función parental. Desajustes reactivos a la conflictividad familiar. Vulnerabilidad previa que dificulte la adaptación al proceso de ruptura conyugal.

2º. Estructura psicosocial y apoyos (auxiliares de custodia).

3º. Habilidades, actitudes y estilo educativo parental: a) Hábitos referentes al cumplimiento de las necesidades básicas; b) facilitar el desarrollo emocional del niño; c) potenciar el desarrollo intelectual del menor; d) recursos educativos.

4º. Continuidad y adaptación del menor (preservación de las características del contexto socializador del hijo pre-ruptura).

5º. Actitud referente al contacto del hijo con el otro progenitor (Interferencias parentales).

6º. Preferencias motivadas de visitas y de custodia expresadas por los menores.


Fuente bibliográfica:  Muñoz, V. 2010. "El Síndorme de Alienación Parental (SAP) en Psicología Forense". Anuario de psicología jurídica, Vol. 20, 2010; págs. 5-14.


Fdo. Ignacio González Sarrió.
Psicólogo. perito Judical y forense.
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Colegiado en Valencia.
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viernes, 20 de junio de 2014

BENEFICIOS Y BONDADES DE LA GUARDA Y CUSTODIA COMPARTIDA FRENTE A LA EXCLUSIVA O MONOPARENTAL.



Es principio de derecho natural que padre, madre e hijos puedan estar juntos, pero las circunstancias de separación o divorcio hacen que este derecho se reduzca a muy poco tiempo para el cónyuge no custodio, puesto que quien lo disfruta es aquél a quien corresponde por Sentencia tener a los hijos consigo, quedando muy reducido el tiempo que le corresponde al que no los tiene habitualmente. Por ello se entiende más correcto para el normal desarrollo de los menores que la custodia fuese compartida; es decir, que padre y madre tuviesen a sus hijos en su compañía con total equiparación de tiempos. Con la custodia compartida se asume conjuntamente la autoridad y responsabilidad en relación a todos los aspectos relevantes de la vida del niño, proporcionándole al niño su derecho fundamental de seguir contando con un padre y una madre. La ruptura conyugal no debe suponer, a la vez, la ruptura de las relaciones de los hijos con sus padres. El matrimonio se ha disuelto, pero esto no significa que a los hijos se les tenga que privar del derecho a convivir con sus padres, pues esta relación es imprescindible para un buen desarrollo de su personalidad.

García y Pastor (1997) señalan las carencias/desventajas de la custodia exclusiva, siendo éstas:

-          Una carga excesiva en el desempeño del cargo
-          Empeoramiento de la situación económica
-          La creación de un vínculo afectivo de dependencia entre progenitor custodio (normalmente la madre) e hijo, que junto a la pérdida de la figura del otro progenitor (padre), derivaba en graves repercusiones psicológicas en éste.
-          Marginación y superficialidad de la relación paterno filial.

Numerosos autores han destacado los beneficios que la custodia compartida tiene para el menor, tanto a corto como a largo plazo. Así, De la Iglesia Monje (2007), defiende que la custodia compartida garantiza a los hijos la posibilidad de disfrutar de la presencia de ambos progenitores pese a la ruptura de la relación de pareja, pues constituye el modelo de convivencia que más se acerca a la forma de vivir de los hijos durante la convivencia de pareja de sus padres, por lo que la ruptura resulta menos traumática. Por otro lado, se evitan determinados sentimientos negativos en los menores, entre los cuales cabe relacionar los siguientes: miedo al abandono, sentimiento de lealtad, sentimiento de culpa, sentimiento de negación, sentimiento de suplantación, etc  (todos éstos generarían a corto y largo plazo consecuencias nefastas para el hijo). También da lugar a fomentar una actitud más abierta de los hijos hacia la separación de los padres que permite una mayor aceptación del nuevo contexto.  Además, se garantiza a los padres la posibilidad de seguir ejerciendo sus derechos y obligaciones inherentes a la potestad o responsabilidad y de participar en igualdad de condiciones en el desarrollo y crecimiento de sus hijos, evitando, así, el sentimiento de pérdida que tiene el progenitor cuando se atribuye la custodia al otro progenitor y la desmotivación que se deriva cuando debe abonarse la pensión de alimentos, consiguiendo, además, con ello, una mayor concienciación de ambos en la necesidad de contribuir a los gastos de los hijos. Esta autora señala la importancia de que los padres cooperen. Dado que el sistema de guarda compartida favorece la adopción de acuerdos, se convierte asimismo en un modelo educativo de conducta para el menor; así se evita el miedo al abandono y se garantiza a los hijos la posibilidad de disfrutar de la presencia de ambos progenitores, por lo que la ruptura resulta menos traumática. Fabiola Lathrop, abogada de profesión, nos muestra más ventajas de la custodia compartida, pues sostiene (en consonancia con la autora anteriormente citada), que es la modalidad que con menos dificultades rescata y preserva la situación del menor previa a la ruptura. También mengua el “divorcio” entre hijo y progenitor no custodio y el sentimiento de “luto” que produce el alejamiento entre ellos, evitando de esta forma alteraciones a nivel psicológico. Por otro lado, propicia una visión de conjunto en cuanto a la educación y desarrollo del menor sin que padre y madre se puedan sentir ganadores o perdedores en el ejercicio del cuidado del hijo, y éste a su vez disfruta de dos modelos adultos en vez de uno. Otro de los beneficios que se obtienen de este tipo de custodia es la reducción de la hostilidad del hijo frente a las segundas parejas de sus progenitores. Lo que podemos destacar por su relevancia es el enriquecimiento del mundo social, afectivo y familiar del hijo que goza de una custodia compartida. Catalán Frías (2011) señala que los niños que disfrutan de este tipo de custodia están mejor adaptados, presentan mejores niveles de autoestima, autoevaluación y confianza en sí mismos y tienen una mejor relación con sus progenitores.

Existen múltiples trabajos de investigación que han constatado que la guarda y custodia compartida es la modalidad más preferente y beneficiosa, tanto para los hijos como para sus progenitores. Según la psicóloga Raquel Peña Gutiérrez, autora del estudio “Familia Post-Divorcio. Funciones Parentales” las investigaciones realizadas en familias divorciadas en las que se ha seguido una custodia compartida, ponen en evidencia que los hijos conservan un alto índice de autoestima, no vivenciando sentimientos de abandono o indiferencia por parte de los progenitores. La convivencia del menor con sus dos padres en igualdad de tiempo y condiciones, contribuye positivamente a la solución de problemas que afectan a los hijos de padres separados o divorciados y a la propia pareja tras la ruptura matrimonial. Por otro lado, Bauserman (2002), hace una revisión meta-analítica sobre la adaptación de los hijos de familias divorciadas a las diferentes situaciones de custodia, estando sus resultados en la línea de que los niños en situación de custodia compartida aparecen mejor adaptados a lo largo de múltiples tipos de medida, que los niños de custodia exclusiva. Este hallazgo es consistente con la hipótesis de que la custodia compartida puede ser beneficiosa para los niños en un amplio rango de áreas: familiar, emocional, comportamental y académica. Otros resultados de investigaciones, como la de Joan Kelly (2000), concluyen que este tipo de custodia da lugar a mejores resultados para el desarrollo del menor, siendo el grado de satisfacción de los niños mayor que en la custodia exclusiva. La custodia compartida no crea confusión en la mayoría de los jóvenes ni incrementa los conflictos de lealtades. Un resultado de este estudio a tener muy en cuenta es que los progenitores también expresaban una mayor satisfacción parental. El derecho/deber del cuidado y compañía de los hijos menores debería recaer con la misma intensidad sobre ambos progenitores, sin que quepan las distinciones en función de la edad de los niños, o el sexo del progenitor, pues la ternura, el cariño, la paciencia o las habilidades domésticas no son patrimonio exclusivo del uno o de la otra; muy al contrario: los dos pueden ejercitarse en ellas y potenciarlas en beneficio de sus hijos.

La custodia compartida no supone, como vulgarmente se piensa, que los hijos tengan que deambular entre la casa de su padre y la de su madre en cortos períodos de tiempo, sino más bien la adopción de una fórmula que garantice, que al cabo del año, habrán pasado aproximadamente la misma cantidad de tiempo con uno y con otro progenitor. Con esta medida se conseguiría que el hijo disfrutase de lo positivo de la relación con ambos progenitores así como de los evidentes beneficios que de ello se derivan.

Algunos resultados de investigaciones (citados en Ibañez 2004), como la de Joan Kelly del año 2000, vienen a concluir de manera general que la custodia conjunta, da lugar a mejores resultados en el desarrollo del menor, siendo el grado de  satisfacción de los niños en este tipo de custodia mayor que en las exclusivas. Este tipo de custodia no crea confusión en la mayoría de los jóvenes ni incrementa los conflcitos de lealtades. Refiere que los adolescentes en doble residencia aparecían mejor adaptados que los de Custodia exclusiva. Los progenitores también expresan  una mayor satisfacción parental.

Ibañez (2004) hace referencia a la revisión meta-analítica realizada por  Bauserman, 2002, sobre la adaptación de los hijos de familias divorciadas a  las diferentes situaciones de custodia, estando sus resultados en la línea de que los  niños en situación de CC aparecen mejor adaptados a lo largo de múltiples tipos de  medida, que los niños de C exclusiva (fundamentalmente materna). Este hallazgo es consistente con la hipótesis de que la CC puede ser beneficiosa para los niños en un amplio rango de áreas: familiar, emocional comportamental y académico.

Finalmente, de acuerdo con la hipótesis de partida, los niños en situación de CC no difieren de aquellos que residen en hogares intactos en sus niveles de ajuste; este hallazgo es consistente  con el argumento formulado por algunos investigadores en el sentido de que la custodia conjunta es beneficiosa porque ofrece a los niños un contacto permanente con ambos progenitores.

La C.C: en general es buena porque:

-       Se preserva mejor la continuidad de la vida familiar del niño.
-       La presencia de las dos figuras en la educación facilita una distribución de las tareas de crianza, la participación en la toma de decisiones y la superación del cliché machista de “padre proveedor y madre cuidadora”.
-       Los niños desarrollan una mentalidad y actitud distinta ante la ruptura de sus padres, al no culpabilizarse por ella y seguir manteniendo la relación con los dos.
-       El padre se siente más implicado e integrado en la educación y desarrollo de sus hijos, al permitirle mantener sus lazos de afectividad y una relación constante. Este hecho supone una ventaja añadida, ya que reduce el impago de pensiones.
-       Estudios demuestran que la custodia exclusiva favorece desmesuradamente los intereses de una de las partes.
-       Permite la menor conocer la realidad educativa de ambos progenitores, evitando la visión extrema de uno y otro, progenitor bueno: ocio, diversión; progenitor malo: cotidianidad y obligación.

"El modelo de custodia compartida es superior a otras modalidades de custodia. (1) ( Bauserman, 2002; Kelly, 2000; Karp, 1982; Patrician, 1984; Granite, 1985; Luepnitz, 1980 ), numerosos estudios e investigaciones dan fe de la superioridad de los modelos de co-parentalidad  llegando a no encontrar diferencias en bienestar y adaptación psicosocial entre los hijos criados bajo custodia compartida y los hijos de parejas intactas.

EL CONCEPTO DE CO-PARENTALIDAD Y LA GUARDA CUSTODIA COMPARTIDA.


La co-parentalidad implica tener en cuenta el derecho de los menores a convivir habitualmente con ambos progenitores que les proporcionan tiempo de calidad y atienden, solidaria y conjuntamente, todas las obligaciones cotidianas y funciones y tareas de cuidado y crianza (alimentación, cuidado, educación, formación, vigilancia...), y socializan, educan, orientan, forman hábitos, y dirigen la conducta de los hijos, de tal modo que éstos puedan construir una relación sólida, íntima y equitativa con ambos progenitores (en prevención de trastornos emocionales infantiles y adultos).

La co-parentalidad (responsabilidad parental conjunta) implica compartir "todas las obligaciones que se originan en la vida diaria y ordinaria de los menores: la alimentación, el cuidado, la atención, educación en valores, formación, vigilancia" (Alguien, 2008), pero también implica el desempeño solidario y compartido de la autoridad y las responsabilidades parentales, de tal modo que los menores siguen disfrutando, afectiva, efectiva y realmente, del compromiso de ambos progenitores y mantienen las relaciones personales y el contacto con ambos progenitores de un modo continuo, regular, frecuente y significativo.

Este modelo supone superar las figuras clásicas de los progenitores "custodio" y "no custodio" o "visitante" (porque tiene derecho a visitas) y el desequilibrio que se produce entre ambos a los ojos de los hijos que sufrían la ausencia permanente y progresiva de uno de los progenitores y que poco a poco minaba la capacidad parental del progenitor no custodio (y se acentuaban los conflictos).

El modelo de co-parentalidad posibilita que los hijos no queden anclados en conflictos de lealtades en los que, para mantener al menos una fuente de apego, optan por alinearse con un progenitor frente al otro (con lo que se aliena su derecho a disfrutar y disponer de ambos progenitores).


Fdo. Ignacio González Sarrió.
Psicólogo. Perito Judicial y Forense.
Col. CV06179.
Valencia.

 
Bibliografía.
 
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ARCE, R., FARIÑA, F. Y SEIJO, D. (2005). Razonamientos judiciales en procesos de separación. Psicothema, 17, 1, 57-63.

BAUSERMAN, R. (2002): Child Adjustment in Joint-Custody Versus Sole-Custody Arrangements: A meta Analytics Review. Journal of Family Psychology, Vol. 16 (1), 91-102.

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