viernes, 22 de noviembre de 2013

EL CUENTO EN EL QUE LA MADRASTRA MATÓ A CENICIENTA.

Creció en una gran ciudad del noroeste de España, en el seno de una familia burguesa y bien posicionada, desde pequeña sintió la necesidad de ser alguien importante, de ser valorada, de superar en prestigio a su padre. Su principal meta fue alcanzar la excelencia en todo lo que hacía, algo que trasladó también a su vida privada. Tras terminar sus estudios de derecho de forma brillante, inició una no menos brillante actividad profesional, pero nada parecía bastarle, nunca sintió que había superado a su progenitor y nunca sintió que se le reconociesen debidamente sus méritos. Por eso sabía que debía seguir esforzándose, seguir tratando de alcanzar esa excelencia que nunca llegaba a tocar con los dedos, debía mostrar al mundo lo valiosa que era, demostrar a su padre que ella era mejor.
Era necesario extender su dominio más allá de su vida profesional y por eso eligió a un hombre sobre el que poder ejercer ese poder, un hombre sumiso y completamente entregado a su causa, alguien sobre el que poder apoyarse y proyectar así la imagen de matrimonio feliz, pudiente y satisfecho…nada más lejos de la verdad.
La angustia y la ansiedad crecían en el interior de menuda y frágil mujer, nada podía calmarla, y esa misma angustia la espoleaba a seguir persiguiendo su sueño anhelado, su sueño de perfección, le  faltaba algo, ¿qué era?…¿una hija?.
Dada su posición, recursos y formación, no resultó difícil traerse a una niña de un país del lejano oriente, que terminase de completar la familia perfecta, pero lo que no sabía era que esa pequeña niña oriental, iba a convertirse día a día y delante de sus ojos en todo aquello que ella nunca llegó a ser, en la niña brillante y querida por sus abuelos, una niña que ante sus ojos desplegaba un sinfín de cualidades intelectuales, humanas y sociales, que ella jamás podría llegar a alcanzar, su hija representaba la imagen idílica de sí misma y eso era algo que no podía soportar.
Cómo tampoco podía soportar ver como, esa niña establecía un vínculo  con su propio padre, una unión que ella jamás tuvo y de la cual se sentía tremendamente celosa, todo eso la llevó a envidiar profundamente a su hija adoptiva y a odiar a sus padres por la injusticia vivida. Ese no era el plan que ella se había trazado, la niña solo era un adorno más, un simple y mero complemento, un mero objeto ornamental con el cual proyectar la imagen con la que siempre había soñado , y sin embargo, todo parecía torcerse, incluido su propio marido.
Era necesario actuar y hacerlo pronto, retomar el control perdido, solo eso le devolvería la seguridad. Tras la muerte de los abuelos en extrañas circunstancias y de forma consecutiva, la niña se convirtió en el principal obstáculo en su carrera desenfrenada hacia una nueva vida, su principal competidora, el reflejo de todo aquello que ella siempre deseó y nunca llegó a conseguir, el recuerdo viviente de su mediocridad. Así pues, la transformó en una extraña, una extraña que ella misma había convertido en su hija para que cumpliese un papel y que después y de forma imprevista había  ocupado, de forma natural, el lugar reservado para ella, su propio destino, su propio rol, el de hija perfecta, solo que sin esfuerzo, sin proponérselo, simplemente ella era así.
No fue difícil convencer a su enamorado y desesperado marido, le prometió amor eterno si le ayudaba en su intento de eliminar a la niña, después juntos iniciarían una nueva vida lejos, al fin y al cabo esa niña sabía demasiado y en realidad no era más que una extraña desagradecida. Él jamás llegó a querer a la niña, solo tenía ojos para su menuda y delicada mujercita, en su día tan solo dijo sí!, a la propuesta de su esposa de adoptar una niña, como había dicho sí!, a tantas otras cosas, solo por el mero hecho de contentarla y de sentir que la hacía feliz, y si ahora se trataba de hacer desaparecer a esa niña, para así lograr el amor de su mujer, nada lo podría impedir.
Por eso, con la voluntad raptada y completamente merced a los deseos de su mujer, el marido y padre adoptivo de la niña, ofreció su total e incondicional apoyo a su todavía esposa y a sus perversos planes.
El final, al contrario de los cuentos de hadas, la madrastra consiguió alcanzar sus perversos y maquiavélicos planes,  terminando la historia con la triste muerte de la niña por asfixia, después de haber sido intoxicada con una enorme cantidad de fármacos ansiolíticos. D esta forma, no fue muy complicado para dos adultos, eliminar la resistencia de una niña preadolescente, juntos por fin habían sellado su propio destino y por fin permanecerían unidos para siempre.
 
Fdo. Ignacio González Sarrió.
Psicólogo.

 

 

 

lunes, 18 de noviembre de 2013

PERSONALIDAD PATOLÓGICA: Caracterísiticas típicas de los patrones clínicos de la personalidad.

LA SEVERIDAD Y LA FUNCIONALIDAD DE LAS PERSONALIDADES PATOLÓGICAS.
 
La primera característica de los patrones típicos de la personalidad es la débil estabilidad (de la misma) bajo condiciones de estrés subjetivo. Al igual que todos los sistemas eficientes, las personalidades normales exhiben una integración funcional-estructural entre sus distintos aspectos. las personalidades no patológicas, por ejemplo, llevan a cabo un comportamiento que minimiza la incompatibilidad entre las necesidades del organismo y las demandas del ambiente, un proceso de retroalimentación negativa que mantiene la integridad de sus sistemas psíquicos. Las así llamadas personalidades patológicas, sin embargo, practican estrategias que inadvertidamente producen retroalimentación positiva, incrementando sus dificultades de adaptación. Al final, dada la facilidad con que los individuos ya de por sí trastornados se vuelven vulnerables a los eventos que reactivan el pasado, y dadas su inflexibilidad y la escasez de mecanismos efectivos de afrontamiento, se vuelven susceptibles a nuevas dificultades y alteraciones. Enfrentados con fracasos recurrentes, ansiosos por conflictos antiguos sin resolver que vuelven a emerger, e incapaces de adoptar nuevas estrategias adaptativas, pueden retroceder a unas formas patológicas de afrontamiento, a un control menos apropiado de sus emociones y, al final, a percepciones cada vez más subjetivas y distorsionadas de la realidad ya la producción de síntomas clínicos.
 
La segunda característica que distingue los patrones patológicos es su inflexibilidad adaptativa. Los sistemas de personalidad son sistemas abiertos en interacción dinámica con su ambiente físico, familiar, social y cultural. Para las personalidades dentro del rango normal, esto significa la flexibilidad del rol, a veces tomando la iniciativa para modificar el ambiente y a veces adaptándose a lo que el medio ofrece, de acuerdo con la polaridad activa-pasiva de la teoría evolutiva. Los individuos normales exhiben una flexibilidad en estas interacciones, de tal forma que sus iniciativas o reacciones son proporcionadas y apropiadas a las demandas de la situación. Cuando ya no existen la adecuación y la proporcionalidad, se podría decir que la interacción está impulsada por la persona. las estrategias alternativas que emplea el individuo para relacionarse con los demás, para alcanzar metas y para afrontar el estrés normalmente son pocas y se practican de forma rígida. A menudo el individuo no es capaz de adaptarse efectivamente a las circunstancias de su vida y empieza a manejar el ambiente para evitar eventos objetivamente neutrales que percibe como estresantes. Como consecuencia, las oportunidades del individuo para poner a prueba y adquirir estrategias nuevas y mas adaptativas se reducen y las experiencias vitales se vuelven aún más limitadas.
 
La tercera característica que distingue los patrones patológicos de los funcionales es una consecuencia de su rigidez e inflexibilidad: la tendencia a fomentar círculos viciosos. las múltiples limitaciones que los individuos con un trastorno de personalidad traen a su medio social inevitablemente resultan en procesos de retroalimentación que perpetúan e intensifican las dificultades ya existentes. La constricción protectora, la distorsión cognitiva y la sobregeneralización son ejemplos de procesos por los que los individuos restringen sus oportunidades para nuevos aprendizajes, malinterpretan eventos esencialmente positivos y provocan reacciones en los demás que reactivan problemas pasados. En efecto, pues, los patrones patológicos de personalidad son patogénicos en sí mismos, generan y perpetúan dilemas, provocan nuevos problemas y ponen en marcha secuencias con los demás que están predestinadas al fracaso, que hacen que sus dificultades ya establecidas no sólo persistan sino que se agraven aún más.
 
Fuente: MCMI-III. Inventario Clínico Multiaxial de Millon III.
 
Fdo. Ignacio González Sarrió.
Psicólogo. Psicoterapeuta y Perito Forense.
696.10.20.43